Los chicharreros (los que de verdad lo son, o los que saben que lo son, o los que creen que lo son; desde que me dijeron por estos pagos que yo debía ser peninsular, ya no me atrevo a hacer afirmaciones categóricas sobre mi origen) asisten estos días a la firma del acta de defunción de la plaza de toros.
A mí la plaza de toros me provoca sentimientos encontrados. Con el toreo en sí mantengo una relación de indiferencia, levemente inclinada hacia la hostilidad, así que por ese lado, la funcionalidad primigenia de este espacio no es lo que me preocupa.
Quien más, quien menos, todos los santacruceros (y los tinerfeños en general) tenemos un recuerdo de la plaza de toros: los que vivieron allí alguna fiesta de Carnaval, los que asistieron a algún mitin político, los que se examinaron allí del carnet de conducir allá por el año … (uno de mis tíos, por ejemplo), los que menearon el pandero con Oscárrrrr* de León o los que, como una servidora, se dejaron su garganta infantil comentándole a Miliki que su estado vital podía considerarse como bueno.
*Conscientes somos de cómo se escribe “Óscar”, pero es que en casa de toda la vida lo llamamos así. Es una de esas costumbres en cuyo origen no se indaga.

La plaza de toros que muchos hemos conocido
Sin embargo, hace años que la plaza de toros es un espacio muerto en Santa Cruz, en coma urbanístico; demasiado vetusto, demasiado cargado de nostalgia, demasiado goloso para las promotoras… Tras muchas tensiones, el Ayuntamiento de Santa Cruz ha decidido someter este espacio a un concurso de ideas (la MasaComentadora ya da por ganador a Tabares&Palerm, por cierto). ¿Oportunidad para revitalizar una parte del centro de Santa Cruz? ¿Oportunidad para la habitual mamandurria? El tiempo dirá.
Mientras, estas fotos, descargadas legalmente de la estupenda página de la Fedac, conservan la memoria de lo que la plaza ha sido a lo largo de nuestra historia.

En la plaza de toros, sólo faltaba, hubo toros. Decían que, aunque los matadores no eran malos, los toros llegaban a las Islas faltos de bravura por la travesía en barco. Debía ser cierto, a juzgar por cómo este señor torea cómodamente sentado.

Pronto se vio que el espacio tenía que ser polivalente, así que la plaza también funcionó como macroterrero. Atentos a la evolución de la seguridad en los espectáculos públicos, que se deja sentir en la forma en que antaño se apiñaba el público.

Como diría Eutemio Padilla, cronista oficial de Chigüesque: “aunque no lo crean, esto antes era todo plataneras”.


Si no me falla la memoria, hay todavía una norma que protege las plazas de toros en base a no sé qué zarandaja histórico-artístico-culturetal. Así que a lo mejor tenemos una explazatoros reconvertida en espacio culturetal sin morlacos.