Los lectores más veteranos y fieles de éste, su weblog de confianza, recordarán que cuando al director de El Día se le fue la olla a Camboya, ésta que les escribe lo documentó profusamente, presa como fui de la más absoluta incredulidad ante el tole-tole independentista y el martilleo anticanarión de don José Rodríguez, don Pepito, el Yayo aquí entre nos.
Como todo, esa sarta diaria de mentecateces se fue asimilando poco a poco, porque cada vez era más repetitiva y menos estrambótica, que es lo que pasa cuando el delirio se vuelve diario. Si acaso, quedaba la pena de ver a un periódico con algunos buenos profesionales deslizarse por un túnel sin final de estupidez y mamarrachería, convertido en un hazmerreír bajo la dirección de un anciano senil, malvado y caprichoso, que conjuga sin rubor sus sinceras loas al Ejército español con sus desquiciantes llamamientos a la insurrección popular.
Un lector, Godo Jediondo, nos hacía una referencia en un comentario al editorial del pasado domingo, donde se afirmaba alegremente que los causantes de los incendios de Tenerife y La Gomera eran grancanarios envidiosos de los montes de estas dos islas:
pues cada vez está más extendida la opinión de que estos incendios han sido provocados de forma intencionada por quienes no tienen bosques. Por quienes quieren que Tenerife, La Gomera y La Palma, islas pobladas de cumbres y de bosques, se conviertan en algo parecido a los secarrales que todos conocemos. Individuos que vienen en ferry, queman y se van.
Bueno, de hecho Armas y Fred Olsen tienen interesantes paquetes en oferta: dos pasajes + vehículo + litro de gasolina, y las cerillas de regalo. Ideal para pasar algún puente, por ejemplo. Con esas palabras se enjuaga y se alivia el sufrimiento de quienes han sufrido los incendios y han perdido sus casas o sus animales. Es conmovedor el detalle del Yayo, o sus dóciles amanuenses, para confortar a estas personas señalándoles un culpable imaginario.
Así, a base de oprobio y vergüenza, se está escribiendo la triste historia del periodismo en este Archipiélago, y especialmente en Tenerife. Intenten explicarle esto a alguien que no sea de aquí, y verán cómo no les da crédito. Intenten hacer el cuento entero, no omitan la parte en la que el ego de este personajucho se vio inflado hasta límites grotescos por las continuas lisonjas de una clase política provinciana, mediocre y temerosa de leer una mala palabra sobre sí misma en un periódico que debe sus cifras de ventas a la sección de deportes, las esquelas y los anuncios de prostitución. No se dejen en el tintero los premios, las metopas, las placas, las calles con su nombre o las mociones en los Ayuntamientos para declarar garante de nuestra Constitución a un tipo que la ataca todos los santos días de Dios.
Mientras eso no cambie, este pequeño don nadie que se va a dormir todas las noches pensando que deja a Randolph Hearst en mantillas seguirá ensuciando estas Islas con su vómito diario. Y yo me sentiré cada vez más asqueada de que exista.
Por suerte, y por salud, la crítica desde el humor sigue viva, gracias a gente como Archipiélago Machango, que, delatada su profunda inteligencia por la rapidez de reacción y la brillatez del chiste, nos regala un motivo para sonreír.



La foto es errónea: resulta más que obvio que el Yayo NO necesita ningún tipo de ayuda externa para resolver esa clase de crímenes gracias a sus genes superiores.