
Las Islas Canarias son ya una catástrofe consumada. No hay remedio. A la destrucción del medio ambiente se suma una sociedad que importa todo lo malo de Latinoamérica y lo mezcla con unos valores supuestamente tradicionales.
Las islas con mayor densidad de población, es decir Tenerife, Gran Canaria, Lanzarote y también La Palma, soportan una presión insostenible sobre su territorio. Es imposible moverse sin sentirse invadido por coches aparcados en cualquier sitio, colas en las carreteras y autovías, calles y espacios de ocio saturados de gente…
El carácter pueblerino y abierto a la copia de los lugareños los ha llevado a construir por todas partes viviendas de hormigón cuadradas, sin pintar ni rematar, rodeadas de basuras e instalaciones cutres, heredadas de las antiguas huertas de cuando la economía de las islas dependía de la agricultura.
Esas viviendas ocupan todos los espacios abiertos, rodean los núcleos de población o son en sí mismas nuevos “barrios” creados a partir de la concentración de varias “casas”, sin planificación de ningún tipo. Cuando ya se consolidan, aunque no cumplan con ninguna legalidad, los ayuntamientos les instalan los servicios: agua, luz, teléfono, contenedores de basura y, en el mejor de los casos, un alcantarillado, por lo general deficiente.
Los jóvenes, hijos de agricultores que se hicieron ricos cuando cambiaron la azada por el camión de obra, intentan vivir del cuento, y trabajan desde que pueden. El fracaso escolar en las islas es uno de los más altos del estado. La mayor parte de la población juvenil se dedica a trabajar en obras o en bares, y luego pasar la tarde en una esquina de la barriada, o paseando con una moto sin casco. Se llenan de tatuajes, se ponen una gorrita, y se reúnen en manadas para divertirse menospreciando a cualquier cosa. Los que más dinero tienen, se compran un coche para tunearlo y correr por las carreteras poniendo en peligro su vida y la de los demás, con la ventanilla abierta y música violenta a todo volumen. Muchos también le venden drogas a los más desgraciados, que son los que no pasan de la moto.
Robos, violencia doméstica, fiestas desmadradas, altas tasas de paro… todo consecuencia de una sociedad que ha pasado, en 20 años, de la agricultura de subsistencia al turismo de masas.
La mejor definición del archipiélago que he leído en mucho tiempo. Es del blog Apestando por lo nuestro (si, no lo he escrito mal).


Lo ha clavado. Triste pero cierto.