Suponga usted, avezado lector de éste su weblog de confianza (¡me moría de ganas por usar esta expresión!), que una empresa de varios miles de accionistas le elige presidente del Consejo de Administración. Encomendado a tal tarea, su trabajo es físicamente poco agotador, ya que consiste en leer unos papeles, firmar otros y asistir a reuniones de trabajo diversas. Como mucho, tendrá que recorrer las instalaciones de la empresa de vez en cuando, obviamente en coche a cargo de la compañía, que para algo es presidente.
Suponga usted también que, ante el previsible tedio de esas tareas, usted pide una baja laboral indefinida alegando un dolor insufrible e intratable en el hombro, que le impide hablar, leer, atender o firmar, pero no cobrar su sueldo presidencial. Tampoco renuncia a la faceta protocolaria y parrandera de su cargo como presidente: acompaña a los delegados de la multinacional cuando visitan su empresa, a falta de bombones les invita a unos vinillos, peregrina por los medios pregonando cuán malvada es la competencia, etc. En tanto, deja al frente de la empresa a un miembro del Consejo de Administración, sembrando la discordia a la vez que el desconcierto en el seno del mismo.
Suponga usted de nuevo que, mientras le cobija su baja laboral, y dado que es usted de natural desinhibido y alegre, prosigue con otras actividades privadas a la vista diaria de todos los accionistas que meses atrás le eligieron para que dirigiera la empresa. Esas actividades diarias incluyen labores físicas más exigentes que firmar o reunirse, como cargar planchas de acero, por ejemplo.
Si algún inspector de trabajo revisara esta historia, diría que se está empleando una baja laboral de forma fraudulenta. Y si el protagonista de esta historia fuese usted, avezado lector, le caerían encima la maquinaria de la Seguridad Social y hasta las columnas de Atlas, si me apuran.
Salvo que fuese usted el alcalde de San Juan de la Rambla, municipio del norte de Tenerife fácilmente reconocible por hallarse en plena brecha espacio-temporal, en la que nada se mueve desde hace veinte años (salvo el Ayuntamiento, cuando cambió de sede, desde el casco de San Juan hasta el fortín coalicionero de San José, armando una zapatiesta memorable y tristísima).
Pero claro, todo esto es un ejercicio hipotético…

Manuel Reyes, hombre de múltiples inquietudes: alcalde, cerrajero, bone-breaker, distinguido anfitrión…