Esta es la única palabra que se me ocurre tras ver las imagenes del grupo de descerebrados que se manifestaron en las puertas del centro de La Montañeta en Garachico (Tenerife), que bien podría llamarse cerebrochico si no fuera porque seguro que en dicha localidad todavía queda buena gente con dos dedos de frente.
Se manifestaban porque, como habrán podido leer en los medios de comunicación, el Gobierno ha decidido trasladar a todos los menores que han ido llegando en cayucos, pateras, o como demonios se les quiera llamar ahora, a un campamento de la Cruz Roja en Garachico. Son 30 niños. Algunos de 12 o 13 años, que buscan un futuro mejor que el que les esperaba en su país (mayormente, por obra y gracia del primer mundo) y que probablemente salten de aquí a Francia (la mayoría son senegaleses y hablan francés) o a otros paises de Europa. Los negros, porque si, señora, son negros, no vienen aquí a hacer nada malo, los confunden ustedes con otras gentes de más arriba.
Pero no, los pobres pives tienen que salir escoltados de la guagua, mientras un puñado de imbéciles se dedicaba a increparles como si fueran delincuentes, y gritando que si traían enfermedades, delincuencia y no se qué más.
Que vergüenza más grande sentí de ser canario. Me queda por lo menos el consuelo de saber que gilipollas hay en todos lados.


A cuenta de eso que comentas, me parece bastante triste, la imagen que saca hoy “La Opinion de Tenerife” en la portada de la edición digital, con el titular de “No todos los menores son iguales…” en fin…
La foto en cuestión:
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