Ayer, en el Club Prensa Canaria, se clausuró la exposición “Si te he visto, no me acuerdo” de Jordi Labanda, donde se pudieron ver algunas de las ilustraciones originales que semanalmente aparecen en “Magazine”. Mucha gente, y de lo más variopinta, acudió al evento: desde algunos estudiantes de la escuela de arte, hasta las niñas con sus carpetitas (de Mr. Labanda) abrazadas al pecho, pasando por la abuelita que acompañaba a su nieta (y sólo le gustan los dibujos), y siguiendo con profesionales del medio que miraban sorprendidos a los grupos anteriormente mencionados.
Jordi sorprendió a los presentes entrando a la exposición antes de que comenzara el acto de clausura. Claro, son famosos sus dibujos, no su cara, y algunos no le reconocieron, pero el boca a boca se extendió por la sala como un rayo y todas las miradas fueron para él. Firmó algunos libros, pero ante el avasallamiento que se avecinaba, lo dejaron para después de la charla.
Tímido hasta la saciedad (“estoy hecho un flan”) la impresión que de él me llevé fue la de un tío auténtico, sencillo, de ideas claras, profesional y muy de los tiempos que corren. Acompañado por Josep Carles Riu y Rosa Mundet, respectivamente, subdirector de La Vanguardia y de Magazine, y redactora jefe de Diseño de La Vanguardia, se definió como “ilustrador comercial”, dejando claro que era como un mercenario, que ilustraba para quien le contrataba, ya fuera “la caja de una colonia, un coche… (…) por eso considero interesante que alguien pueda llamar arte a lo que hago”. Su colaboración semanal en Magazine es como una vía de escape para sus reflexiones, pues la libertad con la cuenta en la publicación hace que pueda expresar a través de dibujo y texto lo que le ronda en la cabeza, ya sea en tono irónico, reivindicativo, dulce… Contaba, además, que le gusta “ser estilista de sus dibujos”, puesto que es consciente de la importancia de la moda en nuestra sociedad, aunque sin caer en su esclavitud.
Preguntado por sus referente, confesó que no ha encontrado maestros entre los ilustradores, sino entre los fotógrafos, nombrando, entre otros, el estilo de “The New Yorker”. A la hora de dibujar, primero necesita la frase sobre la que basar sus ilustraciones (frase que puede haber oído en la calle, a un amigo, en la tele, o en su mente), y luego “soy muy rápido, en dos o tres horas, ya está”. Y, aunque parezca que su éxito ha sido muy rápido, ha sido un largo recorrido, “donde he tenido la suerte de que guste todo lo que he ido haciendo, con la aceptación de personas muy variadas”.
Al final, avalancha para la firma del libro de la exposición (además de carpetas adolescentes y libretitas varias), “¿Pino?, ¿Cómo los pinos?. Me gusta tu nombre”, se toma su tiempo para no sólo firmar sino además “ilustrar” cada libro, y te lo ofrece con una sonrisa de lo más sincera.
En definitiva, un buen tío, de esos con los que echarías la tarde ante un par de cafés. Gratamente sorprendida abandoné el recinto, con su libro abrazado, recordando que yo también fui adolescente-de-instituto-con-carpetita.
Pino, ¡te echo de menos en los podcast!