Continuando con el periplo por la revista C7 que comencé ayer con el que quizá es el artículo más casposo que he visto impreso sobre papel, no podía dejar atrás la sección puertas abiertas, en el que últimamente la alta sociedad abre las puertas de sus chateaux para que el común de los mortales salivemos con sus consolas Luis XVI o sus tapetes de piel de prepucio de bosquimano curtido a mano y traído en uno de los muchos viajes que el matrimonio de la casa realiza durante el año. Cuando empezó a editarse la revista C7 (por lo demás, una revista con un diseño bastante mejor que la TOP Canarias de La Provincia) lo cierto es que la sección estaba bastante bien. Las casas que aparecían eran muy bonitas, las fotos eran similares a las que podemos encontrar en revistas de arquitectura e interiorismo y por supuesto, no aparecían los propietarios de la casa, y ni siquiera se les nombraba. A medida que pasó el tiempo, se comenzó a nombrar al propietario del kelly y ya más recientemente y sin cortarse un pelo, aparecen los señores de la casa en dos variantes: posando con los churrumbeles y el perrito caniche o con Alejandro Morales, a la postre artífice de la mayoría de reportajes de casas y de la crónica petarda de la supuesta alta sociedad canaria.
No voy a entrar a valorar el nivel de horterismo de algunas casas, so pena que me tachen de clasista/envidioso/ignorante, aunque hay semanas que se pueden ver cosas de auténtica traca. Pero sin duda alguna, hace dos semanas apareció una de las fotos más casposas que he visto en muchísimo tiempo, digna de épocas pretéritas. Vean, vean:

La casa en cuestión está en Madrid pero su propietaria es canaria, algo que se repite frecuentemente: esta semana también sale una casa de propietarios canarios en el barrio de Salamanca, en Madrid. He tapado las caras y los nombres porque no son relevantes para disfrutar del momento ultracaspa. ¿Quién no ha querido tener en casa su propio mayordomo Netol que le sirva las copichuelas a las visitas?
Por supuesto, del mayordomo no aparece el nombre, no vaya a ser que se crea que es más importante que la mesita del siglo XIX.