Imagínense ustedes subirse con prisa a un taxi de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, para ir a una cita de trabajo, a comprar al supermercado o a ver al novio que está en el módulo 4 de Salto del Negro, y de pronto encontrarse con semejante pesadilla acustico-visual
Los que a veces usamos taxi jugamos a una ridícula lotería en la que te puede tocar un Mercedes clase S e ir como un consejero del Gobierno de Canarias, o un coche destartalado, sucio, y conducido por un tipo churretoso que va quedándose dormido en los semáforos (real life experiences) pagando lo mismo por ambos servicios pese a la patente diferencia. Este señor ha puesto el listón más alto todavía. No sólo irás apretado como una sardina con la mampara que lleva en su taxi, sino que encima tendrás que vivir una pesadilla almodovariana con B.S.O. de Pepe Benavente durante el tiempo que dure el trayecto (extra-bonus lo del “caramelito”). Aún poniendo en riesgo mi integridad física, si un día alzo la mano para parar un taxi y me recoge éste, prefiero tirarme del taxi con el coche en marcha antes que aguantar dentro.
Yo sigo preguntándome, a más de cuatro años de escribir este artículo por qué coño el gremio del taxi, que presta un servicio público, puede tratar al cliente como le salga de las narices (en el vídeo tienen la prueba) y encima tener la jeta de quejarse ante la llegada del tren/tranvía/liberalización de coches con chófer. ¿Pasan los taxistas una evaluación psicológica para prestar un servicio público? Me autorespondo: No. Y lo de este señor no es un mito, ayer mismo lo vi circulando por la zona de 7 Palmas.
Actualización: En La Provincia también se han hecho eco e incluyen además un vídeo con entrevista del taxista en cuestión.


Y a mí me ha llevado un taxista que se chocó con el coche de delante porque al arrancar no se dio cuenta de que el otro aún no había avanzado, y otro que soltó el volante para ponerse a limpiarse las gafas (lo que hace sospechar sobre cómo había venido viendo la carretera)