Va a ser que sus señorías nos leen. Ya el polémico Autóctono, y una misma servidora nos vimos venir que en el debate sobre el estado de la nacionalidad, sea eso lo que sea, veríamos ineludiblemente momentos altamente lamentables. Y en ese sentido, el Parlamento canario nunca defrauda, mérito que hay que reconocerles.
Tras los tediosos discursos de Rivero, más centrados en prometer cosas “por su honor” (milagrito que no saliera a lomos de un jamelgo proclamando su intención de desfacer entuertos) que en ofrecer soluciones con pinta de haber sido mínimamente meditadas, esto es, con su ficha financiera y su plan de actuación, y tras haber sido testigos de la atenta lectura de la prensa por parte de José Manuel Soria, sobre todo cuando intervenía el no menos plomizo presidente del Grupo Socialista, Manuel Marcos, vino un diputado del PP, Miguel Cabrera Pérez Camacho, a ponerle vidilla al debate con los siguientes versos, de quevediana inspiración (perdónalos, Quevedo, porque no tienen ni puta idea saben lo que hacen), dedicados a la diputada socialista Francisca Luengo:
“En enero del 93 todo se hacía del revés. Se otorgaban las concesiones sin caducar las investigaciones. Si a los unos se les premiaba el día 8 a los otros se machacaba el 28. Así ocurría en un departamento en el que Paquita fue la portento”.
“De la Consejería, secretaria general, mas ciega y sorda total. Si el expediente mal se tramitaba no era su culpa, pues no se enteraba. Y si se enteraba, ¿qué más le daba? Para otro lado tenía que mirar; al partido había que financiar”.
“Llega el año 2008 y Paca monta una traca diciendo que no fue Paca la que montó el tocomocho. No me toquen las narices, dijo Paca al Parlamento, que por mucho que yo miento ya hay sentencias matarifes, sentencias que dicen “mal”, que lo montaron fatal. Nadie que fuera cabal habría hecho bodrio igual”.
“Pero Paca da lecciones, vaya genio de mujer; y de sus resoluciones echa la culpa al ujier. Mis negocios, aludió, negocios que pago yo. Repito: negocios que pago yo. Los de ella, con o sin ruindad, los paga la comunidad. Ay, Paquita Luengo Orol, me despido en re bemol. Sin rencor te ofrezco un higo. Mi afecto te llega al moño. Si lo aceptas, tan amigos. Y si no, te vas pa’l…
Por un ramillete de razones obvias, esto es de mal gusto, soez, chabacano, cutre, grosero, ordinario, vulgar (la madre, otro ramalazo Jotafla) y está por entero fuera de lugar en un sitio como el Parlamento. Para empezar, ni Paca, ni Paquita, Francisca o doña Francisca, porque, ilusa yo, entiendo que en un lugar así lo que corresponde es dar muestras al menos de una pequeña educación, de una pequeña cortesía en el trato, llamarse de usted y no usar apelativos o diminutivos. Y si esto no es así, me encantaría ver a algún diputado echarle huevos redaños y llamar a José Miguel González Pelopincho a la cara.

Aquí, el poeta de la mousse
Esta actitud es más propia de un bufón que de un diputado, y coloca, en mi opinión, al Parlamento de Canarias en uno de los puntos más bajos de su historia, que ya es decir.
Pero a los agraviados, al Grupo Socialista, les ha cabido el honor y el mérito de reaccionar de una manera tan exagerada que han dejado la ofensa inicial en mantillas. Por boca de una diputada (Luengo ha tenido la elegancia de no expresarse) han comparado a Pérez Camacho con un maltratador, lo que resulta insoportablemente frívolo y no es ningún favor hacia las mujeres maltratadas.
A título personal, les diré que lo peor de todo esto no es el incidente ni el espectáculo absolutamente vergonzoso que se ha vivido en la Cámara legislativa canaria. Lo peor para mí ha sido darme cuenta de que no me sorprende; me parece escandaloso e inaceptable, pero cada día mi capacidad para sorprenderme de los disparates que emanan del hermoso edificio de Teobaldo Power disminuye un poco más.
Sólo me consuela pensar que aún no hemos llegado a los niveles del parlamento de Taiwan. ¿Todo se andará?


Vergüenza, asco, hartazgo, rechazo, cabreo, desánimo, indignación, desapego, cansancio