Aun a riesgo de ser cansina, y con manifiesto peligro de mi integridad mental, sigo leyendo con espanto y regocijo a partes iguales el editorial nuestro de cada día del faro en prensa de Nivaria. Hoy nos viene estomagante y de reminiscencias andreschavesianas con el título ¿Por qué tenemos que ser siervos de Zapatero?.
¿Por qué tiene que ser el señor Zapatero nuestro amo? ¿Es que si se le antoja abusar de nuestras mujeres (y que nos perdone la directora del Instituto Canario de la Mujer, doña Isabel de Luis Lorenzo) le tenemos que entregar a nuestras mujeres? (…) Un pueblo que vive atemorizado. El canario tiene miedo de expresar sus auténticos sentimientos. Tiene miedo de que lo fusilen [sonoro WTF]. (…) El pueblo canario malvive privado de su libertad. Una falta de libertad que mitiga con diversiones mundanas: saliendo de copas, acudiendo al fútbol (como ocurría en los tiempos del Caudillo) o participando en botellones. Una forma de olvidar que nuestras mujeres, como decimos, están expuestas a los caprichos de los godos.
Yacoño, no estaba yo al tanto de eso. Me encanta eso de “nuestras mujeres”: me hace imaginar al señor Burns montado en un blanco corcel, con su armadura resplandeciente al sol, jurando por su honor y estirpe proteger mi honra batiéndose en duelo con su lanza. Que es más o menos lo que se estilaba cuando él era joven.
Reitero mi llamamiento para que le devuelvan su medicación.
Porque le va a hacer falta. Francisco Fajardo Spínola, un (excelente) profesor de Historia Moderna de la ULL (ese nido de falsos ecologistas biólogos) se atreve hoy a aportar argumentos (escandalícense: ¡¡argumentos!!) en La Opinión sobre el (falso) debate en torno al Gran:
El nombre primero de la isla es el de Canaria: Fuera de procedencia aborigen o se tratara de una denominación aplicada desde afuera, Canaria fue el nombre que desde la Historia Natural de Plinio el Viejo (s. I) se dio a la isla que hoy llamamos Gran Canaria. La tesis más plausible es la de que la palabra venga del nombre de la tribu del Atlas Canaria (los “Canarii” de los textos romanos). El término Tamarán, que aún algunos piensan que alguna vez fue el nombre de la isla, lo inventó Ossuna y Saviñón a mediados del siglo XIX. (…) Del nombre de la isla se deriva el del Archipiélago: Ya a principios del siglo IV d. C. Arnobio de Sicca designó al conjunto de las islas como Canarias Insulas, en lo que parece una extensión del nombre de Canaria a todo el Archipiélago. En el siglo XIV, al reanudarse e intensificarse los contactos de los europeos con el Archipiélago, éste viene referido, en los textos y en la cartografía, como “islas de Canaria”.
Con esto último al viejo lo matamos del disgusto, porque ahora no sólo hay que quitar el Gran, hundir a GCanaria en el mar y hacer desaparecer su memoria como en Tigana, sino que además hay que buscar un nombre nuevo para Canarias, de modo que en el futuro nuestros hijos y nietos libres y soberanos no carguen con tan ignominiosa herencia.
El nombre de Canaria es anterior a la conquista: Es un absurdo decir o escribir que en la denominación Gran Canaria tengan o tuvieran alguna parte los habitantes de esa isla, actuales o del pasado, pues aquélla es anterior no sólo a su conquista a finales del siglo XV, sino anterior también a los inicios de la conquista normanda a principios de esa centuria: en la Crónica de Enrique III, de 1393, se la nombra ya como Canaria la grande. No fue, pues, Juan de Béthencourt el creador del calificativo de “Grande” (en eso se equivocaron Abréu Galindo y cuantos lo siguieron); como en realidad sucedió con las demás islas: Le Canarien las designa con nombres que ya existían y circulaban en distintos textos y mapas. Por supuesto, no tiene ningún fundamento relacionar con Juana la Loca la denominación de “Gran”, como han hecho algún editorial periodístico y algún contertulio de programa de televisión, quizás confundidos porque fue esa reina la que concedió a Las Palmas el título de ciudad; pues, como hemos repetido, aquella designación era muy anterior.
¿Por qué entonces el calificativo de “Grande”? En primer lugar, pensamos, se heredó la denominación procedente del siglo XIV, reforzada quizás entonces por ser Canaria la sede del obispado de Telde. El Papa decidió en 1435 el traslado del obispado desde Rubicón a Gran Canaria (Canaria Magna, la llama el texto pontificio). Por entonces, en las bulas papales se usaban expresiones semejantes: Grandis Canariae (Martín V, 1420), Magne Canarie (Eugenio IV, 1434). Gran Canaria se eligió como sede episcopal por ser más rica y segura (se aducía la escasa población y la indefensión de Lanzarote); y ello casi medio siglo antes de que aquella isla fuese efectivamente conquistada y el obispado se trasladase (1483). Después, su carácter de primera isla de realengo en ser conquistada y el hecho de que albergase la sede episcopal y otras instituciones consagraron su condición de “cabeza” del Archipiélago.
Pueden leer el artículo completo pinchando en este enlace.
[ACTUALIZACIÓN (14-5-09): dejo el enlace a la segunda parte del artículo del profesor Fajardo Spínola]
Ahora podemos abrir un bonito concurso sobre qué epítetos le dedicarán el señor Burns y sus acólitos anónimos a Fajardo Spínola en los próximos días: canario amante de la españolidad, falso canario, mal patriota, caballo de troya gcanario, enviado de Lucifer, godo encubierto… Cualquier descalificación es buena para un atrevido que viene a emplear argumentos.

Si usted supiera que yo lo amo en silencio, mi admirado militar español…


Paco Fajardo es de Lanzarote, así que no te extrañe que salga Pepito Grillo atacándolo por pertenecer a la provincia malévola.