
La imagen es poderosa. Una lancha de Salvamento arrebata al mar el cadáver desmadejado de un crío, muerto junto con veinte personas más cuando casi podía tocar con los dedos la costa de Lanzarote tras una travesía incierta desde Tan Tan, al sur de Marruecos.
Esto pasa día sí y día también. Nos estremece cuando ocurre tan cerca de nosotros que no podemos mirar hacia otro lado, pero eso no significa que no ocurra a diario en alta mar, donde no alcanzamos a verles. Miles de personas se juegan la vida y la pierden en un viaje hacia un mundo en el que les han asegurado que el dinero les saldrá por las orejas.
Esto es una mierda esférica, es decir, es una mierda lo mires por donde lo mires. Los gobiernos de los países de origen (eso en los países donde hay Gobierno, porque África es un sindios) alientan a la población a marcharse o no ponen trabas para impedir su salida; las mafias se lucran con un negocio redondo; los países ricos los tratan como un problema sin querer comprender que la inmigración sólo se ataja en origen, dándole a la gente un horizonte económico de supervivencia (no digamos ya de bienestar) que la haga desistir del siempre triste trance de tener que abandonar su país, y más en esas condiciones.
La crisis no los para, ni los parará. A gente que come una vez al día y que aspira a comer por lo menos dos no los va a parar que la codicia de los especuladores financieros haya dejado a la banca mundial con los calzones raídos. En Senegal lo mismo les da quién fuera Madoff o que la libra se deprecie.
Vivos o muertos, los inmigrantes son rentables en Canarias. Si viven, los acusamos de colapsar nuestros servicios sociales, de ser delincuentes por naturaleza, de robarnos el trabajo, de ser una carga que mejor asuma el Estado, de contaminar nuestra raza (¿o no, señor Burns?) y de haber abierto cinco sellos del Apocalipsis. Quedarían dos, que dejamos reservados a altos cargos de CC y a López Aguilar, cómo no.
Si mueren, nos llevamos las manos a la cabeza, sacamos en procesión a Santa Demagogia, fingimos que nos consume una pena enorme y pedimos más dinero para controlar la frontera.
Con este horrendo suceso (enlazo la noticia en laprovincia.es), por lo menos hemos tenido el consuelo de ver que queda gente decente, como Christian Hunt, el surfista uruguayo que desoyendo a la policía se lanzó al mar con su tabla para salvar a cuantos pudo, seis en total, o como aquella otra gente que estaba pasando el día en La Tejita (Tenerife) hace unos años, y que se volcó en auxiliar a los maltrechos pasajeros de una patera que desembarcó frente a sus narices.



Este es un tema muy delicado: ¿se puede legislar sobre el derecho a la esperanza?
Partiendo del reconocimiento de que abrir la puerta a todo el mundo es inviable (ya que no disponemos de recursos para atenderles) deberíamos hacer presión para que se actúe en origen y poner fin a esta sangría.
Quien se sube en una patera y atraviesa el océano sabe que puede morir.
Empezando porque la mayor parte de ellos son del interior, nunca han visto el mar (ni conocen como se comporta) y ni siquiera saben nadar, uno llega a imaginarse hasta dónde llega su desesperación. Tiene que ser duro ver a tus hijos morir de hambre entre tus brazos mientras un equipo de cámaras de algún canal occidental graba su cara inexpresiva rodeada de moscas. Graban, toman sus fotos y se van. Luego nos enseñan sus fotos, nos echamos las manos a la cabeza, organizamos congresos, reuniones, algún que otro concierto, un par de programas de telemaratón… y que se ocupen sus gobiernos de impedirles la salida.
Nunca se condicionan las ayudas que damos a los países africanos a que presenten cambios, avances y mejoras en el bienestar de la población, UNICA manera de alimentar en la población la esperanza de un futuro mas prometedor que les haga recapacitar sobre el deseo de embarcarse rumbo a Europa. Sólo interesa que los gobiernos a los que damos el dinero sean más efectivos en el control, en la represión… en definitiva, que nos quiten ellos el “problema”, como sea, aunque luego nos enteremos que cuando detienen a grupos de inmigrantes van y los dejan en la frontera, da igual qué frontera, la de otro país, la del desierto.
Mientras las riquezas del continente no reviertan en quienes viven allí jamás se podrá poner freno al sentido más básico que tiene el ser humano: el de sobrevivir.
Esta desgracia es noticia y se conoce porque sucedió a 20 metros de la playa. Cuando ocurre (que seguro que ocurre) a 20, o a 200 Km, nadie escucha sus gritos, nadie les socorre, nadie les llora. Ni tan siquiera forman parte de un titular de prensa que haga reflexionar a quienes tienen poder para tomar decisiones.