Con frecuencia, el editorial y la columna de tres párrafos de Andrés chaves atrapan irremisiblemente la atención de aquí una servidora. Entiéndanme, semejantes derroches gramaticales, léxicos y conceptuales dejan fascinado a cualquiera. Así que, a mis ojos, Peytaví es un poco el hermano pobre de la mejor página de El Día. Además, tiende a repetirse cosa mala, y ya no me sorprende su obsesiva búsqueda de lazos que lo vinculen todo (todo lo malo, quiero decir) con ese ente enemigo que él denomina “los progres”. Sería injusto recordarle sólo por sus artículos de alta política internacional.
Pero eso no quiere decir que a Peytaví le falte talento. No, señor. Si se lo propone, puede ser tan machista, vulgar, zafio, cutre, chusco, intrascendente, cansino, aburrido y ordinario (¡¡sal de este cuerpo, Jotaflá!!) como cualquiera de sus vecinos de página.
Esto lo constatamos en su artículo de hoy, La goda de la tienda, en el que astutamente nos cuenta una anécdota personal que a nadie le interesa un pijo para radiografiarnos al sector del comercio en Tenerife y cómo éste se halla perversamente manipulado por fuerzas malvadas y superiores.
El pasado enero vi un reloj muy curioso en un escaparate de la santacrucera calle de San José. Se trataba de un cacharro caro, pero en contrapartida, además de dar la hora, medía la tira de cosas: la presión atmosférica, la altitud, la temperatura, la profundidad a que uno es capaz de bucear… Sin pensarlo dos veces, entré en la tienda y me concedí el capricho. “Garantía total”, me aseguró el comerciante hindú que me atendió solícitamente. “Si tienes algún problema, tú lo traes y yo lo arreglo”.
Y ahí me lo imagino como un niño chico, privado con su reloj nuevo. Pero negros nubarrones acechaban el horizonte del feliz Peytaví.
(…) Pero un día, para mi desazón, empezó a parpadear en la esfera una señal apremiante: la pila estaba casi agotada. Molesto por el contratiempo pero esperanzado con el hecho de que sería bien tratado, regresé a la tienda. Y ahí empezó un pequeño calvario, porque no me atendió el señor hindú sino una señorita o señora goda. Digo goda y no peninsular porque godo, sobra volver a explicarlo, no denota procedencia sino actitud. (…) “Tiene que dejarlo para que lo revisen en Las Palmas”, dijo displicente.
Vivo en la isla más extensa de Canarias, en la más poblada y en la que recibe más turistas (casi cinco millones y medio cada año; dos más que la redonda), pero siempre que deseo comprar algo distinto a una hamburguesa, alguien tiene que pedirlo a Las Palmas. Me pregunto para qué coño existe, por ejemplo, la Cámara de Comercio de Tenerife, y también la propia Fedeco de mi amigo Luis. En fin, lo peor de todo no es que ese reloj (aciaga la hora en que lo compré donde lo compré) ande ahora por Vegueta o por Kualalumpur; lo peor fue la pedantería de la goda, que hablaba como si me estuviera pisando las pelotas; como diciendo para sus adentros “qué bien estoy jodiendo a este tío”. Pese a todo, no se lo tuve en cuenta. Un mal día con el maromo lo tiene cualquiera.
¿Es esto lo que merecen los lectores de Peytaví? ¿Este lenguaje tabernario, esta exhibición de mal gusto y chabacanería, esas insinuaciones sucias de macho en celo? ¿Es esto lo mejor que Peytaví puede ofrecer a quienes tienen la santa paciencia o el malsano vicio de leer su columna porque les interese de verdad, no como a mí, lo que escriba este señor?
Un mes después, empero, llamé a la tienda para saber qué ha sido del dichoso reloj. “Todavía no está”, fue la goda respuesta de la goda. “Ha pasado un mes”. “Sí, pero el relojero está de baja y el otro ha cogido vacaciones”. “¿Y para cuándo estará?”. “Ni idea. Déme su teléfono y ya le avisaré”. De nuevo el mismo tono pisapelotas: “joder, qué bien estoy jodiendo a este tipo”. La jactanciosa suficiencia de la primera vez no era consecuencia, por lo tanto, de un mal polvo; parece que es lo habitual en esa señora. O señorita.
A estas alturas, la reiteración en la ordinariez poco importa. Para qué medios días, habiendo días completos.
Que levante la mano el que no ha sido víctima alguna vez de un mal servicio post-venta, o de un dependiente antipático, o de una tienda desorganizada. Para Peytaví resulta fácil, y lo escribe con la locuacidad de la mente más simplona, achacar el mal trato comercial al origen de la dependienta. Causa y efecto, y a otra cosa que el día da para muchas chorradas y no puedo perder el tiempo. Y de paso, mantengo contentito al señor Burns.

Flor de relosssss
Actualización irrelevante de última hora: ¿te compraste un chaqueur pour le minorie? ¡Te pasaste, macho!


xDDDDDDDDDD, seguro que eso en CajaCanallas jamás le habría pasado