Nos contaba lo siguiente Francisco Pomares en La Opinión en días pasados:
Fue la venganza de la doña: expulsada a finales de 2006 del gabinete de la alcaldesa Ana Oramas, después de dos años de rifirrafes y altercados con funcionarios y ediles, y refugiada inmediatamente por el leal Ruano como asesora de participación ciudadana en la consejería de la Presidencia, Ángela Mena soñaba desde hace meses con volver a La Laguna por la puerta grande y dar la campanada.
Lo consiguió por fin el martes pasado, durante la segunda reinauguración protocolaria del Teatro Leal lagunero, presidida por los Príncipes de Asturias. Doña Mena se presentó en plan Primera Dama (una figura que no existe en el protocolo de esta Comunidad Autónoma, probablemente de ninguna) sin haberlo comunicado previamente a la Casa Real, que controla con precisión milimétrica todos los aspectos formales y de seguridad en las comparecencias públicas de los Príncipes. Apenas una llamada telefónica al Ayuntamiento, un par de horas antes del acto, para avisar que llegaría con su presidencial marido. Y vaya si llegó: bajó muy puesta del coche oficial, enfundada en un batilongo estampado, híbrido entre cojín tardío y estilo remordimiento, para colocarse pegajosamente cual chicle a la vera de doña Letizia y salir en las fotos por delante (o detrás) de la alcaldesa.
(…) Ahora doña Mena ha revisado a conciencia su fondo de armario, pero no sus artes de guerra: hizo todo lo posible por desplazar a Oramas en el Leal, y fue tan obvio el asunto, que hasta en las fotos se perciben miradas como cuchillos.
Hay dos formas de entender el protocolo. Uno puede manejarlo como lo que es, es decir, organización y unas pocas normas básicas para llevarnos todos bien, o como lo que no es, es decir, pedantería, elitismo, exclusión y sensación de glamour. Quienes se aferran al protocolo como esto último demuestran un hondo paletismo provinciano y una inseguridad sangrante.
Poco pintaba Ángela Mena, concejala de Asuntos Sociales y Cultura en el Ayuntamiento de Santa Cruz, en la re-inauguración del teatro Leal. Más o menos lo mismo que un concejal de Cuenca en Madrid. Y sin embargo, allí se plantó la doña, del brazo de su señor esposo, para darse aires delante del heredero de la Corona y su mujer. Adosarse a Pau es la forma que a doña Ángela se le ocurrió para justificar su impertinente presencia en el acto.
Ni la legislación nacional ni ninguna autonómica (al menos que yo conozca) recoge papel alguno para las que en otros países se llaman “primeras damas”, lo cual es señal de que al menos algo se ha hecho con sensatez y cabeza en el ordenamiento protocolario español, ya que a la señora de Zapatero no la ha votado nadie, como nadie votó a la de Aznar mientras vivieron en La Moncloa, y (como diría Gomaespuma) así sucesivamente.
Su ‘calidad’ de señora de Rivero, a doña Ángela Mena puede que le sirva para que le den preferencia en el Club Oliver y sitios de similar copete, pero al colarse en el Leal con ese argumento la flamante concejala de inagotable gestión (créanme que su trabajo municipal no la tiene precisamente agotada) la buena de Ángela sólo ha demostrado una falta inmensa de educación y cortesía y un ansia extra-ordinaria por suplir su pensamiento pueblerino con el Real roce, a costa de lo que sea.
José Arturo Navarro Riaño (1) tiene que haberse atragantado viendo las fotos del acto, o al ir allí, que no dudo que hubiera ido.


Y si ustedes pueden ver alguna diferencia, es que tienen mucha maldad en la mirada
(1) Navarro Riaño fue jefe de protocolo del Ayuntamiento de Santa Cruz y del Parlamento de Canarias, entre otros cargos, y es una auténtica eminencia en esta materia, además de un orador espléndido y divertido


Eso sin contar las tonterías que ha soltado por boca a cuenta del balance del año judicial en Canarias.