Advertencia: Éste es un artículo escrito a modo de catarsis/desahogo del autor y se sale de la linea (si es que la hay) habitual de este blog. Si tiene usted manifiesta antipatía hacia el que escribe, no se moleste en leerlo y mucho menos en escribir comentarios negativos hacia mi persona argumentando que a nadie le interesa mi opinión y que soy un engreído (que probablemente lo sea) por exponerla.
Posiblemente cuando esté usted, amable lector, leyendo este post ya se haya disputado el partido de fútbol correspondiente a la final de la “Eurocopa de Polonia y Ucrania”.
Ya estoy un poco harto de que cada vez que muestro una pequeña discrepancia con el pensamiento casi-único imperante se me tilde de antiespañol y que, como una especie de “venganza”, se me restrieguen las sucesivas victorias del combinado nacional, como si yo deseara que el equipo perdiera.
Desde mi visión ultra-racional mi postura parte de tres premisas: la preponderancia de la individualidad, el enorgullecimiento por los propios logros y los distintos objetivos del deportista y el espectador.
El haber nacido en determinado punto geográfico es un hecho circunstancial. Y si no, que se lo digan al “canario” Javier Bardén (y de paso a Pepa Luzardo y su título de Hijo Predilecto para el actor). En el fondo, si el equipo español logra el campeonato, se puede concluir que la selección de 23 de individuos escogidos de entre aquellos que practican el deporte del fútbol y han nacido en la zona geográfica que conforma el territorio de España, ha demostrado que juega mejor a este deporte que otros grupos de 23 individuos elegidos entre los nacidos en otras zonas geográficas.
Me parece particularmente incomprensible la utilización del plural malentendido: jugamos, ganamos, estamos en semis, pasamos de ronda… Yo, particularmente, tengo en común con los componentes del equipo español lo mismo que puedo tener con un ladrón como El Dioni, con un corrupto como (ponga aquí el nombre de su político español favorito) o un incompetente como (ponga aquí el nombre de su político español favorito sin repetir el que puso en el paréntesis anterior): El nombre del país que aparece impreso en el exterior de nuestros pasaportes.
He visto todos los partidos de la selección de Del Bosque y una gran parte del resto del campeonato. Cada vez que algún jugador de “la roja” ha marcado un gol he dicho “¡bien! y he dado unas cuantas palmadas yo solito en mi casa sentado frente a la tele. No tengo bandera, ni bufanda, ni camiseta de la selección. No entiendo qué sentido tiene portarlas fuera del campo en el que se juega el partido. Admito que si vas al campo, estos “accesorios” pueden contribuir a hacer ver a los jugadores que cuentan con tu apoyo y que quizás éste les motive a mejorar su rendimiento. Pero fuera del campo ¿qué coño pinto yo con eso? Una vez acaba el partido ¿Por qué hay que salir con los coches tocando el claxon, tirar cohetes, o hacer el salvaje en cualquiera de sus múltiples manifestaciones? Entenderán después de esto lo de “solito frente a la tele”. Aunque no me han faltado invitaciones para ver los partidos “en grupo”, no soy capaz de aguantar las previsibles desmesuradas e irracionales muestras de alegría. ¿Intolerante? Sí, por eso me quedo en mi casa.
Evidentemente me alegraré si el equipo gana. Me alegraré por Del Bosque, por Casillas, por Iniesta, Sergio Ramos, Reina, Xavi… Tengo más cosas en común con ellos que con los italianos y, por la proximidad, tengo más información sobre ellos para poder formarme una opinión de sus personas. No me alegraré por Piqué (desde que vi como soltaba un escupitajo a un empleado o directivo de la Federación Española en la celebración del pasado mundial cuenta con mi más absoluto desprecio) o Busquets que, sinceramente por lo que he podido deducir de su comportamiento, no me parece buena gente. Me cuesta un poco alegrarme desde que conocí la noticia de que los miembros del equipo campeón en Sudáfrica tributaron los impuestos correspondientes a las primas que recibieron en el país africano (un 21%) en lugar de hacerlo en nuestro país, donde hubiesen tenido que pagar un 43%.
Dando una vuelta más de tuerca a la preponderancia de la individualidad sobre la nacionalidad: ¿Por qué cuando Fernando Alonso gana una carrera tiene que sonar el himno nacional e izarse la bandera de España en la entrega de trofeos? No se trata de una competición por países. ¿Y si Fernando se diseña su propia bandera y compone un himno? (o los encarga a profesionales de los respectivos sectores). Recuerdo que tras la consecución de su primer campeonato criticó el oportunismo de la presencia de gobernantes españoles en la celebración de su victoria ya que nunca recibió apoyo de instituciones en los inicios de su carrera.
Durante su carrera deportiva fui un gran admirador del tenista Andre Agassi. Cada vez que se enfrentaba a un jugador español, teníamos “fiesta” en casa porque no entendían que yo quisiera que ganara Agassi. Hace muchos años se disputó en Las Palmas de Gran Canaria el “Masters Español”. De la misma forma que Jordi Arrese me pareció una excelente persona (y me alegré profundamente de su medalla de plata en los juegos de Barcelona’92) no puedo decir lo mismo de los hermanos Sánchez Vicario (los chicos) y me daba igual que perdieran (aunque fuera en partidos de Copa Davis). Ahora mismo, mi jugador favorito es Ryan Harrison y, si se da el caso de que juegue con Nadal, Ferrer, Ferrero… tendré un poco el “corazón partío”. De momento Harrison está convocado con el equipo americano para disputar la próxima semifinal de Copa Davis frente a España en Gijón.
Un apunte final en este apartado, arrimando el ascua a nuestra sardina, ¿qué más da si Silva o Pedro contribuyen a la victoria con algún gol?
Lo de enorgullecerse de los propios logros es normal o, mejor dicho, enorgullecerse de algo en lo que no tenemos nada que ver es una estupidez. El ejemplo que pongo siempre es ése que dice (generalizando) de qué presumen los canarios: “24 grados todo el año y los Carnavales”. Presumir de una fiesta (lo censuro igual si se trata de los Sanfermines, las Fallas, o la Feria de Abril) me parece, como poco, síntoma de falta de inteligencia. Pero presumir de tener 24 grados todo el año (además de ser mentira) es como si yo, en el hipotético caso de que fuera verdad, presumiera de tener una polla grande. ¿Cómo voy yo a ir sacando pecho porque el combinado español haya ganado la Eurocopa?. “¡Mira, mira, mi pasaporte dice que he nacido en la misma área geográfica acotada que los 23 tíos que han ganado ese torneo!”. Sí que lamenté que el equipo olímpico español de baloncesto perdiera la final de Pekín injustamente ante el equipo norteamericano. Lo lamenté porque fue injusto pero, si hubiesen ganado, no habría ido corriendo, como muchos harán (en caso de victoria de La Roja) esta noche si tienen amigos italianos, a dar el pésame por la derrota o directamente a restregarle la victoria a mis amigos estadounidenses.
Finalmente el objetivo del deportista y el espectador. En un mundo ideal, el objetivo del deportista debería ser ganar (que ya se cumple en el mundo real) y el del espectador debería ser asistir a un buen espectáculo (no el ver a “su equipo” ganar). Si a mí me gusta el fútbol, voy al estadio a ver un partido, el equipo local pierde por cinco a cero, pero yo he visto dos goles de chilena, tres paradas apoteósicas, unos regates “de dibujos animados” y unos pases al pie desde 40 metros, debería irme a casa con una sonrisa de oreja a oreja y no cabreado porque el equipo local (AKA “mi equipo”) ha perdido. La distorsión se produce cuando entran en juego los sentimientos irracionales y el espectador se transforma en fan, seguidor, simpatizante o como lo queramos llamar.
No pretendo convencer a nadie de que comparta mi punto de vista, pero sí que algunos lo entiendan. Le mandaré un enlace a cada uno de esos amigos “intolerantes” ya que hasta ahora no he podido razonar con ellos a este respecto.


Sr. Charlie, sin que sirva de precedente, coincido plenamente con sus palabras.