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Son divinas las colonias de caravanas. Todas pegaditas, bien hacinadas. Las hay grandes y pequeñas, pero todas llevan sus pegatinas. Las pocas que salieron a rular por
Europa vuelven con pegatinas de flamantes y glamurosas banderas. Pero las aborígenes de verdad, las que no salieron nunca de las islas también llevan las suyas: de Nike, Adidas, el consabido bardino “Granca” junto a la inseparable cabra “Fuer”, la discoteca Wilson, el cuponazo de la ONCE…
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El caravanista es animal de costumbres. Su indumentaria no varía de verano a invierno: esclavas llenas de tierra para enseñar unos dedos gordos como calamares saharianos, bermudas del 99 y camiseta rancia, preferentemente de tiros. Nótese que es vestimenta unisex: para ellos y ellas la misma. Huele a humo, porque entre asadero y chuletada nunca estrenó la cocina de la furgona. Su cara es siempre de satisfacción, pues están plenos: el caravaning les realiza como seres humanos.
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Pese a ser un animal irracional, el caravanista habla. Y es capaz de construir frases, aunque con dudoso sentido humano. Aquí van dos escuchadas hace poco
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- “Estuvimos de futa madre en el Aero Club. Conseguimos un espacio de metro y medio desde mi toldo a la otra caravana”. (en un campo de refugiados de guerra debe ser una gran ventaja esa distancia, pero pasar unos días de vacaciones…).
- “Venimos de La Palma. En 3 días le hice al coche 600 kilómetros”. (los habrá pasado dando vueltas a la isla sin parar más que a repostar).